¿Por qué no tenemos libre albedrío? La primera neurona.

Grandes científicos de la historia de la humanidad piensan que el razonamiento de los niños es, en ocasiones, un gran reflejo del espíritu científico. Lejos del sesgo propio del sabio, los niños, que aún no han tenido el tiempo de “contaminarse” por las autoridades en conocimiento, preguntan y razonan con una coherencia aplastante. Una pregunta ilustrativa, y que todo ser humano con una cierta capacidad intelectual es capaz de hacerse es “cómo empezó todo”. Esta pregunta no sólo ha sido el comienzo de cualquier religión, también ha provocado el nacer de la filosofía y gran parte de la ciencia existente.

Las religiones responden rápidamente a la cuestión: Dios creó el mundo. Pero cualquier ser humano, cualquier niño al que se le plantee por primera vez la cuestión, se pregunta, de entrada; si Dios creó el mundo, ¿Quién creó a Dios? Richard Dawkins y los seguidores del “nuevo ateísmo” reclaman con frecuencia que esta pregunta tan “simple” deje de ser tomada como tal, y pase a considerarse con la seriedad que merece. Si Dios creó el mundo, alguien tuvo que crear a Dios, y si alguien creó a Dios, este “creador de Dios” debió de ser creado por alguien, y así sucesivamente, hasta el infinito.

Recuerdo una de mis primeras clases de universidad. Creo que aún conservaba buena parte de ese razonamiento infantil tan saludable. Una profesora de fisiología, que nos explicaba las vías somatosensoriales del sistema nervioso del ser humano, vino a decir algo similar a lo que sigue:

Si estimulamos la zona correspondiente a la corteza motora primaria ( S1) se produce un movimiento correspondiente a aquella zona corporal que estimulemos. Desde la corteza S1, la primera neurona motora desciende su axón hasta sinaptar con la segunda neurona motora, que se encuentra en la médula espinal. Desde ahí, la segunda neurona motora estimula directamente el músculo a través del nervio periférico y se produce el movimiento (…)

Y, queridos alumnos…posiblemente habréis reparado en una cosa, si la primera neurona motora es la que inicia el movimiento, ¿quién hace que la primera motoneurona se active? Queridos alumnos…¡esto es un misterio de la naturaleza! De momento, nadie lo ha conseguido averiguar…

Recuerdo que este razonamiento me fascinó. ¿¡Cómo era posible!? ¡Debía de haber una neurona que activara el circuito! ¿Dónde estaba? Tenía que haber una neurona que, anterior en el tiempo, activara la corteza S1, pero si esto era así, a su vez debía haber otra neurona que activara a ésta primera neurona, y así sucesivamente, exactamente igual que el razonamiento de un niño ante la hipótesis de Dios como creador de todo.

Unas cuantas lecturas me hicieron percatarme del error en el razonamiento anterior, que parte del supuesto de que “alguien” está tomando la decisión de movimiento. Una hipotética primera neurona sería algo así como “el alma” del sujeto, que “decide” de alguna forma misteriosa que una u otra parte del cuerpo se mueva. Pero existe otra alternativa factible. En realidad, las neuronas disparan siguiendo sus leyes fisiológicas como única condición para hacerlo. La actividad neuronal se sigue de una conducta que el sujeto no controla en absoluto. Las neuronas “disparan” en el cerebro igual que los rayos caen del cielo, sin ningún tipo de intención. La conducta, el pensamiento, el razonamiento, nuestros movimientos y nuestros sentimientos, incluidos aquellos que nos hacen sentir cómo si decidiéramos por nosotros mismos son consecuencia del conjunto de millones de descargas ocurriendo en función de leyes fisiológicas a cada instante.

Y así, creo que el misterio de la primera neurona queda resuelto.

Por qué deberíamos dejar de decir “estamos diseñador para…”

A algunos de los que navegamos en redes sociales, con Twitter a la cabeza, nos llama la atención la cantidad de veces que se repite el tópico “estamos diseñados para…” con la intención de justificar una determinada cualidad o conducta que observamos en la actualidad. Aunque suene quisquilloso, el uso del lenguaje no es inocente y creo que dicha afirmación lleva con frecuencia a malas interpretaciones.

Primero. No estamos diseñados para nada en concreto. Es decir, no estamos diseñados, punto. La ilusión del diseño ha sido recalcadamente debatida por algunos biólogos evolutivos. Dawkins es quién ha adaptado el lenguaje a términos coloquiales, pero ya fue Darwin quien advirtió con anterioridad de este espejismo. Creo que sería más correcto y menos confuso decir: “nuestros antepasados tuvieron que reproducirse en ambientes en los que era ventajoso…” Obviamente esta farragosa oración siempre va a ser menos proclive a ser utilizada cuando la eficiencia en el lenguaje tiende a ser premiada, como es Twitter o una conversación coloquial. Pero es lo correcto. El medio ha provocado presiones selectivas sobre las que han sucedido adaptaciones, pero no toda nuestra conducta está necesariamente explicada por una exigencia ambiental que haya existido en algún momento de nuestra historia. Jerry Coyne, autor del libro “Por qué la evolución es verdadera” ya advierte de esta tendencia a explicar cualquier tipo de comportamiento según presiones evolutivas. Así, algunos proclaman por ejemplo que los violadores son el resultado de que otrora ejercer el acto sexual por la fuerza fuera una conducta exitosa para reproducirse, o que las náuseas durante el embarazo han sido útiles para producir una selección más cuidadosa de los alimentos que ingiere la gestante, protegiendo así al feto, y un largo etcétera.

Segundo. No estamos diseñador por nadie. Invocar constantemente “nuestro diseño” como forma de explicar por qué poseemos determinadas cualidades o por qué actuamos de una u otra forma, etc. no hace sino perpetuar la idea de un creador superior que ha creado el cuerpo humano con unas determinadas características y debido a unas razones enigmáticas. De nuevo un biólogo evolutivo, Francisco Ayala (curiosamente defensor de la idea de un creador) ha intentado demostrar lo falacioso de la idea del diseño con un (también curioso en mi opinión) argumento, que es el siguiente. Si verdaderamente estamos diseñador por un creador, éste debe ser el mayor abortista de todos los tiempos, puesto que el diseño del cuerpo humano (más concretamente el de la mujer) hace que se hayan producido millones de abortos naturales a lo largo de la historia. La solución que, creo entender, él propone para compatibilizar la idea del creador con el hecho de un mal diseño del cuerpo humano es que Dios efectivamente existe pero no ha participado en ningún diseño, simplemente ha sido un espectador en lo que la selección natural ha diseñado por sí sola.

Tercero: la idea de que estamos diseñados fomenta la tendencia a creer que existe un modelo de vida ideal que seguir, que es precisamente aquel para el cual fuimos diseñados. Esta es la razón por la que en los últimos tiempos han aparecido tantos seguidores del estilo de vida que ellos llaman paleolítico. Un estilo de vida que muchos consideran idóneo a pesar de que, obviamente, nadie en el mundo civilizado consigue reproducir de una forma significativa, ya que para ello deberíamos volver todos a vivir a la sabana Africana, que es donde se supone que se produjeron las adaptaciones que nos hacen verdaderamente humanos. Nuestra historia es precisamente eso, evolutiva, y por tanto, hoy en día siguen produciéndose adaptaciones a los nuevos medios en los que actuamos. Los que se obsesionan con la práctica deportiva, el no comer fruta o lácteos, o empacharse a frutos secos, están adoptando un estilo de vida que, si todos siguiéramos a rajatabla, constituiría un nuevo modelo ambiental al cual terminaríamos adaptándonos tras sucesivas generaciones. Ello no implicaría retornar a un medio al que nos acoplábamos a la perfección, sino sobrevivir en un medio en el que las exigencias para reproducirnos; es decir, triunfar biológicamente, serían una vez más novedosas.

¿Debemos convencer a la gente para que deje de utilizar terapias placebo?

¿Cuándo consideramos que una terapia funciona? Para un lector no especializado, la respuesta a esta pregunta es obvia. Una terapia funciona cuando cumple la función para la que esté diseñada. Un analgésico será efectivo siempre que consiga dismiuir el dolor del paciente, un antihipertensivo será efectivo cuando consiga disminuir los niveles de tensión arterial, y un antiepiléptico lo será si consigue disminuir el número de crisis epilépticas en un enfermo con dicha enfermedad.

Realmente, no es tan sencillo, hay problemas. Las terapias diseñadas para paliar un sentimiento de disconfort (el dolor, el picor, etc) tienen el problema de que estas manifestaciones pueden disminuir o mejorar debido al efecto placebo correspondiente. Teóricamente, cualquier “cosa” puede funcionar como placebo si se dan unas adecuadas condiciones (de expectativas u otras). El primer problema que debemos dilucidar para considerar que un tratamiento funciona es saber que la terapia en cuestión no es sólo placebo, sino que contiene algo más.

Con este fin se desarrollaron los ensayos controlados, que consisten en la división de un conjunto inicial de personas en dos grupos. Un primer grupo recibirá la terapia en cuestión. El segundo recibirá un placebo. Posteriormente, deberemos comprobar que la terapia ensayada es mejor que el placebo.

Por tanto, como prerrequisito imprescindible para considerar que un fármaco funciona es que éste demuestre una superioridad respecto a un placebo; es decir, que su efecto terapéutico no esté basado únicamente en expectativas, aprendizaje y otros factores de este tipo.

Mucho cuidado en este punto. El hecho de que una terapia no haya demostrado una superioridad con respecto al placebo no quiere decir que la terapia en cuestión no tenga un afecto terapéutico completamente real sobre quien la prueba. Así, estamos todos hartos de escuchar historias sobre curaciones milagrosas de todo tipo. Curaciones milagrosas de dolor crónico con imanes repartidos por la superficie corporal, alergias que desaparecen tras sesiones de acupuntura, etc, etc, etc..

No toda manifestación es susceptible de ser mejorada con placebo. Las sensaciones subjetivas de disconfort, como el dolor, el prurito o el mareo son más susceptibles de verse modificadas en base a las expectativas. Por el contrario, factores como la glucemia, que no dependen directamente de una percepción, son de más difícil alteración.

Por tanto, superar la efectividad de un placebo es uno de los prerrequisitos considerado por los profesionales sanitarios (competentes) para considerar su terapia digna de ser proporcionada al paciente. Así, algunas personas suelen llamar a estos tratamientos terapias oficiales, o científicas.  Pero la realidad es que no existe tal cosa (igual que no existe un método científico como tal). Por la única razón por la que en medicina consideramos necesaria esta condición para considerar que funciona es por el hecho de que entendemos como lógico que las terapias que se emplean no estén basadas únicamente en los factores que hacen que una terapia funcione como un placebo.  Al fin y al cabo, si nuestras terapias sólo fueran placebo y dependieran de los factores de los que estos dependen, cualquiera podría, con un poquito de teatro y algo imaginación, recetar cualquier cosa.

Muchas personas encuentran alivio de múltiples males en terapias que no han demostrado ser superiores al placebo, como la acupuntura, la homeopatía o los ultrasonidos (aplicados como terapia, no como diagnóstico donde sí tienen gran utilidad). Pienso que no debemos menospreciar a estas personas por confiar en terapias que precisamente les sirven de alivio porque, repito, el efecto terapéutico es completamente real. Por ello, tratar de convencer a una persona que usa estas terapias y le son efectivas para que deje de usarlas no resulta, en mi opinión, del todo adecuado. Por el contrario, más adecuado resulta advertirles de que lo que están recibiendo es un placebo, y no más que este, y dejar que así el paciente mismo decida si quiere seguir invirtiendo recursos (dinero y tiempo) en dicha terapia o si, por el contrario, considera razonablemente que una terapia así no merece ser recibida.

¿Beber leche de vaca?

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En un viaje de fin de semana, charlando tranquilamente con un amigo, este me replicó las razones por las cuales la ingesta de leche de vaca deben ser perjudiciales para salud.

-“Piénsalo, el hombre es el único animal que sigue bebiendo leche después del destete, además, la mayoría de la gente se vuelve intolerante a la lactosa conforme pasan los años”

El hecho de que yo mismo usara este tipo de argumentación en otros tiempos hizo que se me escapara una sonrisilla. Para mí mismo fue una revelación intentar analizar el argumento más escrupulosamente en lugar de quedarnos en el mismo como una verdad irrefutable.

Lo engañoso del argumento es que es completamente cierto, el hombre parece ser el único animal que tiene por costumbre beber leche después del destete, a excepción, claro, de los animales domésticos, que se hayan bajo la suerte o la desgracia de estar sometidos a nuestras mismas costumbres. Muchos perros y gatos beben leche pero eso, hasta donde yo sé, no parece incomodarles demasiado.

El hecho de que la primera parte del argumento sea cierta no implica para nada que no seamos aptos al consumo de leche, esa es una inferencia que hacemos a partir de la interpretación de supuesta ley natural por la cual el destete debería significar el momento en el cuál la leche deja de ser un alimento apto. Una forma fácil de comprobar que la hipótesis es falsa sería simplemente dándole leche a un individuo entrado en años y comprobar que el momento del destete no necesariamente implica la intolerancia a la lactosa, al menos no en todos los casos.

Más convincente resulta sin embargo la segunda parte del argumento. A diferencia de los niños, que son mayoritariamente tolerantes a la lactosa, muchos adultos pierden progresivamente la tolerancia a la misma. Es irresistible hacer una argumentación de tipo evolutivo para explicar este hecho: si en la historia de la humanidad la mayoría de los niños se ven obligados a iniciar su alimentación a base de leche materna, los niños que no la toleren van a ser penalizados directamente por la selección natural, pudiendo sufrir graves alteraciones a partir de la desnutrición. Los niños tolerantes habrían sido por tanto seleccionados para sobrevivir. No ocurre lo mismo conforme crecemos, pues progresivamente toleramos mayor variedad de alimentos, y por lo tanto, la tolerancia a la lactosa no es estrictamente necesaria. Conforme crecemos, por tanto, los efectos de la penalización se diluyen. Si esta hipótesis fuera cierta, actualmente, deberíamos observar un crecimiento de la prevalencia de la intolerancia a la lactosa en niños, pues hoy en día disponemos de medios sencillos para combatir la desnutrición en éstos, y por tanto las posibilidades que van a tener de salir adelante van a ser idénticas que los niños tolerantes.

Debemos tener en cuenta que, a partir del desarrollo de la ganadería, la leche comenzó a consumirse no sólo por los niños, sino también por los adolescentes y adultos. En dicho ambiente, en el caso de que existiese una minoría de individuos que fuesen tolerantes a la lactosa indefinidamente, asimilarían un alimento muy completo en nutrientes, pudiendo darles una discreta ventaja de supervivencia y selección sobre sus coetáneos, por ejemplo adoptando un mejor aspecto físico por la mejor nutrición o con una mayor resistencia a las enfermedades.

Por tanto, podemos deducir que en la sociedad van a convivir personas tolerantes e intolerantes en grados variables en función de la zona demográfica en la que nos encontremos. Existe mayor prevalencia en zonas con uso tradicional de leche, como países nórdicos, y una menor tolerancia en zonas con menor tradición, como algunas zonas de África.

¿Por qué nos enganchamos al deporte?

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La fiebre por el deporte es patente, las masas de runners, ciclistas y otros invaden todas las esquinas, más aún ahora ante el advenimiento del buen tiempo.

No siempre fue así, esta moda ha irrumpido con fuerza en los últimos años cuando, anteriormente, no era más que cosa de unos pocos envalentonados. Ha sucedido especialmente con los deportes de resistencia, o por lo menos los que requieren un esfuerzo físico considerable durante tiempo prolongado. La maratón de Nueva York ha pasado de 127 a 50.000 corredores desde su primera edición en 1970.

¿Las razones? Si nos lanzamos a la calle a preguntar, la mayoría de los deportistas aportarán las mismas o similares razones: reducción del estrés, contacto con la naturaleza, o simplemente sentirse en forma. En definitiva, bienestar emocional.

¿Y de dónde surge dicho bienestar? De la síntesis de determinadas hormonas en el cerebro, sí, pero ¿por qué se sintetizan estas hormonas tras la práctica deportiva? Algunos argumentan motivos evolutivos, hemos evolucionado para hacer deporte, por lo tanto, nos sentimos bien al hacerlo.

Durante la práctica de ejercicio físico se acelera el metabolismo, el pulso aumenta de ritmo y fuerza, con aumento del bombeo de sangre a los tejidos, con la respiración ocurre lo mismo. Los vasos sanguíneos de algunas zonas del organismo, como el corazón o el cerebro se dilatan, mientras que otros, como los del intestino, se constriñen.

¿Podría ser que esta aceleración del metabolismo fuera la causa del bienestar que practicamos tras un tiempo de práctica de ejercicio? ¿Podría ser que dicho aumento de actividad enzimática alcanzara al cerebro y fuera por esto que la actividad mental, de forma paralela, se acelerara? Existen razones para pensar que la actividad mental se acelera cuando aumenta la relajación y disminuyen los niveles de hormonas del estrés. Es por esto que los pacientes depresivos suelen mejorar a lo largo del día.

Realizar deporte implica esfuerzo, debemos tener la suficiente motivación para vencer la pereza natural que nos caracteriza e invertir energías en una actividad costosa que de por sí no resulta necesaria para vivir. La motivación proviene, para la mayoría de las personas, de la información sobre la salud que se supone que adquiriremos si practicamos deporte, además de, por supuesto, un mejor aspecto físico.

Una vez la motivación sea suficiente, podemos superar nuestra innata tendencia al reposo. Poco a poco, a base de aprendizaje, nuestra planificación y conducta deportiva puede ir siendo memorizada, más aún si las recompensas tras practicarlo son grandes. Es decir, una vez venzamos la pereza y comencemos, obtendremos bienestar, que si ya de por sí resulta satisfactorio, lo será más aún si en nuestra cabeza lo interpretamos como una ganancia en salud. Las recompensas serán dobles. Si la consecuencia de una actividad es positiva tarde o temprano nos volveremos a plantear la actividad en cuestión, y será progresivamente más fácil planificarla y realizarla. A esto me refiero con aprendizaje.

Esto es, precisamente, una descripción de lo que constituye una forma de “engancharse”, que es justo lo que los deportistas explican que les ocurre.

 

Dios y la selección natural

 

En el siglo XVI, Galileo fue abrumado por las acusaciones de la Iglesia por considerar ésta que el científico apoyaba el copernicanismo como opción correcta para describir la realidad del movimiento planetario. Pero un editor de la obra de Galileo defendió una postura ingeniosa para liberar a los defensores del heliocentrismo del constante acoso, proponiendo que el enfoque de Copérnico era el que debía utilizarse para continuar con el avance de la astronomía, mientras que la opción considerada como verdadera debía considerarse la que la Biblia defendía. Tal opción conseguía mantener vigente la Biblia como fuente de toda verdad, pero permitía la liberación de los astrónomos para seguir usando los datos que explicaban el funcionamiento del universo.

La teoría de la selección natural de Darwin también ataca las posturas tradicionalmente defendidas por la Iglesia al considerar que todos los organismos vivos, el ser humano entre ellos, son obra de un mecanismo ciego, eliminando toda necesidad de considerar nuestra biología como derivada por un supuesto creador externo.

La posición de Osiander –el mencionado editor de la obra de Galileo- me recuerda a la postura que parecen adoptar hoy algunas personas religiosas, aceptando la selección natural como hecho válido para entender la biología, pero sin negar en ningún caso que somos la obra de un ser supremo, manteniendo así encendida la perspectiva del diseño.

Aunque veo cierta similitud, no son dos situaciones completamente análogas, pues defender a la vez el heliocentrismo y el geocentrismo es completamente absurdo, imposible en cualquier tipo de lógica, mientras que algunos religiosos han conseguido crear cierta consistencia en sus posiciones al considerar la selección natural como el mecanismo que el diseñador utiliza para conseguir su objetivo.

De ser lo último cierto, el misericordioso Dios de los cristianos pasaría a convertirse en un agente cruel, que ha facilitado la muerte de millones de seres y la extinción de cientos de especies para hacer posible la puesta en escena de los que hoy nos encontramos aquí. Dicho argumento es bien defendido por el biólogo Francisco Ayala contra el diseño inteligente (aunque no contra la perspectiva religiosa, pues es un conocido defensor de la misma). En su libro “Evolución. Grandes cuestiones” (página 199) puede leerse lo siguiente:

Más preocupante todavía para los defensores del Diseño Inteligente tiene que ser la siguiente consideración. Aproximadamente el 20 por ciento de todos los embarazos humanos reconocidos terminan en aborto espontáneo durante los dos primeros meses de embarazo. Esta desgracia supone en la actualidad más de 20 millones de abortos espontáneos anuales en todo el mundo. ¿Acaso queremos culpar a Dios por las deficiencias en el proceso del embarazo? ¿Es Dios el mayor abortista de todos? La mayoría de nosotros atribuiríamos en cambio esta desventura monumental a las maneras chapuceras del proceso evolutivo y no a la incompetencia de un diseñador inteligente-

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Por tanto, y según lo anterior, lo que sí parece contradictorio es creer que un ser bondadoso haya obrado por medio de la selección natural para crearnos. Lo que implicaría millones de abortos anuales en todo el mundo; es decir, millones de personas que de ningún modo tendrán una oportunidad de vivir.

A no ser, claro, que El Creador sólo sea bondadoso con algunos

¿Son ilimitadas las capacidades de la selección natural?

Hasta donde sé, tengo entendido que existe cierta división entre los biólogos en cuanto a si la capacidad de la selección natural de moldear los organismos es ilimitada. Richard Dawkins parece ser uno de los partidarios de la idea de que, mientras existan las condiciones ambientales adecuadas, la selección natural podrá, tarde o temprano, actuar en la dirección que el ambiente exija, otorgando al mecanismo una práctica infinidad de posibilidades de actuación.

Jose Antonio García Bellido expone interesantes argumentos contra esta idea en una entrevista de hace algunos años que puede leer aquí. Copio literalmente algunos fragmentos:

Los genes no tienen muchos grados de libertad de cambio aparte de combinarse entre ellos de diversas maneras (… )El grado de libertad para evolucionar es limitado. No se trata de mezclar factores, sino de sacar partido a lo que ya hay y, por lo tanto, esto supone un freno a la evolución. La evolución sólo tiene sentido repitiendo, combinando. Se pueden cambiar muchos factores, pero no es una evolución ad libitum que dependa sólo de los cambios ambientales, sino que está muy limitada por lo que el sistema interno pueda proponer.

Personalmente me encuentro más cercano a la postura del segundo autor, por la razón siguiente.

Recuerdo una clase de microbiología en la universidad en la que se hablaba acerca de la resistencia de las bacterias a los antibióticos. Nos hablaban sobre cómo aparecían dichas resistencias, sobre los mecanismos que las producían y el porqué de los mismos. La cuestión que captó mi atención fue que, al parecer, una bacteria concreta, el Sreptococcus pyogenes, que desarrolla infecciones de la piel y las mucosas tales como celulitis o faringitis, no había desarrollado resistencia a las penicilinas a pesar de que esta familia de antibióticos se han utilizado históricamente con obstinación para el tratamiento de las infecciones producidas por esta especie bacteriana. Lo que captó mi atención fue el hecho de que, a diferencia de otras especies pertenecientes al mismo género, como el Streptococcus pneumoniae, que ha desarrollado diversos mecanismos de resistencia a los mismos antibióticos, ésta había permanecido insensible a los mismos-

Lo que me hizo concluir que, por alguna razón que ignoro, el S. pyogenes carece de la maquinaria genética necesaria para desarrollar resistencia a las penicilinas a pesar de un ambiente de lo más favorable para hacerlo, y que, por lo tanto, Bellido tenía razón, y las capacidades de la selección natural son limitadas.

Las figuras

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Recuerdo uno de los primeros pacientes que atendí en las prácticas de psiquiatría en la universidad. Se trataba de un hombre de unos 50 años de edad, la primera vez que lo vi fue paseando por el pasillo de la planta del hospital, él me saludó y yo le devolví el saludo. En un primer momento, no percibí nada raro en él, quizá si uno lo piensa, sí que existía cierta tendencia a una excesiva familiaridad en su saludo inicial, pero en un primer momento no fue algo que me impactara. De hecho, lo que me llamó la atención del mismo fue la aparente normalidad psíquica cuando dialogaba con el personal del hospital, parecía simpático y agradable, sin embargo, por algún motivo, pensé, debía de estar ingresado. Al llegar al control de enfermería, vi unas figuras, horribles. Medían unos 10 o 15 cm de alto, como mucho, y consistían en unos esqueletos humanos cubiertos de un atuendo, similar al de esas figuras típicas de “la muerte” que pueden verse por ahí, pero sin la guadaña.

Conforme fuimos avanzando en el transcurso de las prácticas, nos tocó, a mi compañera de estudios y a mí, interrogar a ese hombre, con el fin de averiguar los motivos de su ingreso y plantear un posible diagnóstico.

Nuestra entrevista fue nula desde el punto de vista semiológico, el hombre no percibía alteración alguna en su comportamiento, tampoco parecía comprender el motivo de su estancia allí. Me llamó la atención, asimismo, la aparente indiferencia al hecho de encontrarse ingresado en un hospital. El caso es que no supimos sacar mucho de aquella anamnesis.

Mi compañera y yo terminamos el interrogatorio, y nos dirigimos a la consulta del psiquiatra que nos tutorizaba. Le explicamos todo lo que habíamos sacado de aquel encuentro, así como nuestra frustración por no haber sabido concluir un posible diagnóstico para aquel paciente. Tras unas cuantas preguntas, nuestro tutor finalmente accedió a contarnos los motivos por los cuales dicho paciente estaba ingresado.

Se trata de un paciente maníaco– nos dijo. –Aunque…bueno…aún no tenemos claro si es una manía o simplemente un estado hipomaníaco

Al parecer los motivos de ingreso de aquel paciente consistían en una excesiva confianza a lanzarse a negocios de dudosa rentabilidad. Había iniciado algunas empresas que finalmente habían fracasado, complicando no sólo su situación económica, sino también la de sus familiares más cercanos, sobre todo su mujer, que era quién había solicitado el ingreso del paciente al notar cierta conducta anormal en el mismo.

Transcurrieron los días. Los estudiantes seguíamos realizando prácticas en aquella planta de hospital, el paciente permaneció ingresado unos días más. A veces, manteníamos conversaciones informales con él.

Finalmente, cuando los médicos consideraron que la ideación acerca de sus proyectos había mejorado, el paciente fue dado de alta, volvió a casa con su mujer y sus hijos, con quienes convivía. Antes de salir, quiso despedirse de nosotros, al parecer le habíamos caído simpáticos. Nos dijo:

Muchas gracias por todo, chavales! A ver si nos volvemos a ver por ahí. Me llevo mis figuras, ¡ya que no han tenido el éxito esperado!- El paciente llevaba una bolsa de plástico en la mano y, al abrirla, nos mostró las figuras de esqueleto que me habían llamado la atención el primer día. No me había preguntado qué hacían esas figuras en el control de enfermería, donde estuvieron colocadas, a modo de adorno, todos esos días.

Al parecer las había traído consigo al ingreso, con la esperanza de venderlas, y sacar así un dinero.

La enfermedad mental existe, pero es imposible definirla sin tener en cuenta factores socioculturales

¿Existe la enfermedad mental? La respuesta parece obvia, por supuesto. Los “locos” siempre han formado parte de la sociedad, y lo seguirán haciendo, aunque sea con una mala integración.

Pero, de hecho, la respuesta no es tan obvia, y es que la enfermedad mental, hasta día de hoy, es invisible para aquellos que no la sufren.

Un sencillo experimento mental nos servirá de ejemplo para apoyar mi hipótesis, que es la que se sostiene en el titular

Supongamos un individuo que durante toda su vida ha sufrido episodios de alucinaciones intensas que surgen de forma súbita, prolongada e imprevista. Los episodios consisten en una serie de imágenes de árboles, como si el sujeto caminara por un bosque ,a ello se siguen una serie de audiciones de voces lejanas, ininteligibles pero claramente presentes.

El sujeto, tras los episodios, sólo recuerda la escena descrita, pero aquellos que le rodean dicen que cuando “desconecta” del medio, realiza movimientos extraños; con la boca, como si chupeteara, y con las manos, como si tratara de chasquear constantemente los dedos sin conseguirlo.

Cualquier médico, o persona entendida en el tema, identificará rápidamente esta situación como una probable crisis epiléptica. Nadie que juzgue el relato de esta persona le etiquetará como un loco.

Pero ahora desplacemos a nuestro individuo 600 años atrás y tratemos de imaginar que terribles prejuicios habrían caído sobre él. Quizá hubiera acabado siendo juzgado como un ser poseído por el demonio, o algo por el estilo.

Un ejemplo tan sencillo nos ilustra perfectamente como un mismo estado mental en dos momentos socioculturales distintos será considerado de forma completamente diferente. En el caso actual, el paciente recibirá ayuda de la sociedad, en el segundo caso, el medieval, desprecio y marginación.

Los pacientes catalogados como esquizofrénicos sufren discriminación.

¿Algún día serán considerados verdaderamente enfermos?

Tal vez.

 

Sobre la corrupción en medicina

Leo hoy mismo una noticia sobre corrupción. Esta vez, no es el tipo de noticia a la que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación masivos, que suelen aludir a la corrupción política. Con el paso de los años repitiendo de forma rumiante este asunto, da la impresión de que sólo la política está corrupta, de que ser político es lo mismo que corrupto o de que, para serlo, debes caer en este tipo de práctica de forma irremediable.

Tampoco la noticia trata sobre corrupción en medicina, que es el asunto de esta entrada. La noticia (aquí) trata sobre corrupción en el ámbito del deporte. Resumiendo, parece que los atletas kenianos han protestado contra la sede de su federación por el auge de prácticas poco limpias impulsadas en parte por la actitud y las conductas de sus dirigentes. Entre estas conductas se cuentan, tal como puede leerse en la noticia aceptar “el regalo aparente” de dos vehículos a motor por parte de la federación de atletismo de Qatar en periodo 2014-2105. Durante esa época, la IAAF otorgó al emirato del Golfo la organización de los Mundiales de 2019”. Lo que viene siendo, en resumidas cuentas, un regalo a cargo de un favor que sólo pueden otorgar los gestores de una organización. Algo idéntico a lo que ocurre en el ámbito de la política.

Tras la lectura de la noticia, decido buscar la definición de corrupción en el diccionario de la RAE, que la define como: “En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”

Hace relativamente poco tiempo, mantuve con un amigo una conversación sobre el tema de la corrupción en el ámbito médico. Él defendía la tesis de que el sistema médico se hallaba corrupto, yo en ese momento defendía lo contrario, pero llevo algún tiempo ya pensando en este tema y la verdad es que, teniendo en cuenta la definición copiada arriba, determinadas prácticas ampliamente aceptadas en medicina podrían ser consideradas corruptas ¿Qué es sino, la aceptación de financiación de asistencia a congresos y otros eventos por parte de las farmacéuticas, a cambio de la obtención de una mayor prescripción de los medicamentos de estas? ¿Acaso no es similar al ejemplo de la noticia de la IAAF?